COVID19 y enfermedad hepática

El SARS-Cov-2, es un tipo de coronavirus responsable de la enfermedad denominada COVID-19, que ha irrumpido en nuestra sociedad de forma abrupta generando una pandemia y del que hemos pasado de desconocerlo por completo, a centrar una gran parte de los recursos de la investigación en numerosas áreas de la medicina para poder estudiarlo en sus diferentes facetas.

Uno de los primeros datos procedentes de las analíticas de laboratorio de pacientes que habían desarrollado la enfermedad, fue que, junto con la alteración de otros parámetros serológicos (linfocitos, plaquetas, dímero D, PCR, LDH,...), también sufrían una elevación las enzimas hepáticas durante la progresión de la enfermedad, notificándose en diversos estudios que más del 50% (dependiendo de las series) de los pacientes con SARS-CoV-2 presentaban un aumento de las transaminasas, hecho que ya se había observado en otras infecciones por virus similares, como la que provocó el coronavirus que causó el síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV) y el coronavirus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), que comparten similitud de secuencia del genoma con el SARS-CoV-2.

Este virus, una vez que ingresa al torrente sanguíneo, puede desplazarse a través de él por cualquier parte del cuerpo, y el hígado es un órgano muy vascularizado, por lo que el coronavirus puede penetrar fácilmente en el tejido hepático. Pero para que el virus provoque un daño celular, tiene que acoplarse a la célula a través de un receptor. Una vez acoplado, ingresaría en la célula, que en el caso del SARS-CoV-2, es el ACE2,  que es un receptor el cual solo encontramos en determinadas células donde el virus puede provocar por tanto un daño, como son las del pulmón, los riñones, el corazón, el cerebro, el intestino, los vasos sanguíneos y el hígado, los órganos más afectados por esta infección.

Además de la presencia de los receptores ACE2 en el hígado, son numerosas las hipótesis propuestas por las que puede producirse la afectación hepática por el SARS-CoV-2 y posiblemente sea multifactorial, entre las que también se incluyen la respuesta inmunitaria desbordada conocida como “tormenta de citoquinas” que también daña al hígado, los efectos secundarios de los fármacos empleados en su tratamiento y la falta de oxígeno por la insuficiencia respiratoria o por la microtrombosis en el hígado, que podría dificultar un adecuado flujo de sangre y aporte de este elemento.

En general, los pacientes con COVID-19 grave tienen tasas más altas de disfunción hepática, y los pacientes sintomáticos tienen más probabilidades de tener enzimas hepáticas elevadas en comparación con los pacientes con enfermedad subclínica. No obstante, hasta el momento, no se ha podido confirmar que el daño al hígado sea permanente.

Es por tanto importante mantener un adecuado funcionamiento hepático durante cualquier fase de la enfermedad, pero también, tanto antes de desarrollarla, como después de haberla padecido, y, en este sentido, pueden ser de vital importancia emplear plantas medicinales y suplementos dietéticos que puedan proteger al hepatocito, favorecer su regeneración y mejorar los procesos de eliminación de residuos tóxicos como son por ejemplo el cardo mariano (Silybum marianum), la alcachofa (Cynara scolimus), la zarzaparrilla (Smilax medica), el boldo (Peumus boldus), el diente de león (Taraxacum officinale), el romero (Rosmarinus officinalis), el rábano negro (Raphanus sativus), el desmodio (Desmodium ascendens), la colina, la metionina o el glutatión entre otros, suplementos que siempre se pueden encontrar en establecimientos especializados del sector.

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